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Título: Rebeca (Rebecca)
Año:
1940
Guión:
Joan Harrison, Michael Hogan, Philip MacDonald y Robert E. Sherwood, basado en una novela de Daphne Du Maurier.
Producción:
Selznick International
Pictures.
Reparto:
Joan Fontaine, Laurence Olivier, Judith Anderson, George Sanders, Nigel Bruce .

Argumento

Una joven y tímida dama de compañía conoce en Monte Carlo al acaudalado Max De Winter, que está superando la muerte de su esposa Rebeca. La pareja pronto inician un romance que acaba en un precipitado matrimonio tras el cual se trasladan a la imponente mansión de Max, Manderlay. Ahí ella tendrá que aprender a cumplir el papel de señora de la casa y enfrentarse al hecho de que, pese a estar muerta, el espíritu de Rebeca sigue presente en la mansión, especialmente en la misteriosa ama de llaves, Mrs. Danvers.

Reseña

Inicialmente la primera película que Hitchcock planeaba filmar en Estados Unidos junto al productor David O. Selznick era una dramatización del hundimiento del Titanic. No obstante, el enorme éxito de la novela Rebecca de Daphne Du Maurier movió al productor a avanzar el que tenían pensado que sería su segundo proyecto (una adaptación de dicho best seller), descartando el film sobre el Titanic que a Hitchcock le hacía más ilusión.

La primera colaboración entre Hitchcock y Selznick prometía ser problemática. Aunque ambos se respetaban, tenían visiones completamente distintas sobre cómo debía encararse la adaptación de una obra al cine. Hitchcock había triunfado con adaptaciones que se tomaban muchas libertades respecto al original (por ejemplo, Los 39 Escalones) mientras que las pocas veces que se había ceñido al material de base habían resultado en films olvidables e impersonales (Juno y el Pavo, Fácil Virtud). Por otro lado, Selznick creía firmemente en las adaptaciones fieles de libros de éxito, que permitieran al público visualizar el texto original en imágenes. Hitchcock se sentía cómodo con historias de suspense llenas de humor, mientras que Selznick apostaba por grandes melodramas ostentosos. El choque entre estas dos fuertes personalidades era inminente.

De entrada Hitchcock coordinó la redacción de un primer guión fiel a su manera de hacer películas que, naturalmente, horrorizó a Selznick. La protagonista que proponía Hitchcock era una joven alegre e ingeniosa que se "apagaba" una vez llegaba a Manderley, según Hitchcock el público notaría así el cambio producido en ella una vez se viera inmersa en ese ambiente. Selznick no toleró que se modificara la personalidad de la protagonista, que en el libro era torpe y tímida. El productor sabía que el público femenino se sentiría muy identificado con esta suerte de Cenicienta y por ello quería mantener intacta su psicología.
Por una vez, y sin que sirva de precedente, Selznick estuvo bastante acertado, y aunque no sabemos cómo habría sido la versión de Rebecca propuesta por Hitchcock, el resultado final es excelente y supone todo un ejemplo de adaptación fiel a la novela que no renuncia por ello a sus cualidades cinematográficas. Una de las ideas más brillantes de Selznick fue hacer que Rebecca no se viera nunca en toda la película (parece ser que Hitchcock contaba con mostrarla mediante flashbacks), de esta forma no sólo se es fiel al libro sino que se fomenta uno de los aspectos más interesantes de la película: el hecho de que el personaje central sea uno que nunca se ve pero cuya presencia se nota en todo momento.

En lo que respecta a los actores, la elección de la protagonista fue la más dificultosa de todas, ya que se hicieron pruebas a numerosas actrices tanto conocidas como desconocidas. Hitchcock sospechaba que Selznick pretendía repetir el truco propagandístico que ya llevó a cabo en Lo Que El Viento Se Llevó haciendo una enorme campaña para buscar a Scarlett O'Hara. Fuera cierto o no, uno de los nombres que se barajó inicialmente fue el de Vivien Leigh, espoleado por su marido Laurence Olivier, que encarnaba a Max de Winter. Otra posibilidad que se tuvo muy en cuenta fue Nova Pilbeam, la joven protagonista de Inocencia y Juventud que según Hitchcock podría funcionar para encarnar a la protagonista tímida e insegura. Selznick obviamente no veía con buenos ojos dar un papel tan importante a una actriz virtualmente desconocida, pero curiosamente la escogida también lo era: Joan Fontaine. Por aquel entonces Fontaine (hermana de la más célebre Olivia de Hallivand) era una actriz que solo había hecho algunos pequeños papeles sin importancia. Por ello, tras hacer la prueba y no escuchar novedades de parte de Selznick dio por hecho que no la habían escogido, así que se casó y se embarcó en una luna de miel que fue súbitamente interrumpida por un telegrama en que se anunciaba que había sido elegida. En realidad fue una decisión in extremis del productor, ya que el rodaje estaba a punto de iniciarse y aún no tenían a la protagonista.

El resto del reparto fue menos dificultoso. Para encarnar a Max de Winter, Selznick propuso varios nombres como Melvyn Douglas, Lionel Howard y William Powell. Hitchcock encontró interesante únicamente a William Powell, ya que al ser un actor especializado en comedias, sería un "contracasting" muy interesante para un papel tan lúgubre (años después conseguiría su ansiado "contracasting" con Cary Grant). El director propuso a cambio a Robert Donat (protagonista de Los 39 Escalones con el que había intentado en vano volver a trabajar) o Ronald Colman. El segundo interesó realmente a Selznick y ambos coincidieron en ofrecerle el papel, pero Colman lo rechazó. La siguiente opción no obstante fue también muy acertada: Laurence Olivier, actor teatral de prestigio, encarnó a la perfección a Max De Winter hasta el punto de que es difícil imaginar ahora a otro actor.
Para los secundarios se utilizaron a grandes actores como Judith Anderson en el importantísimo papel de Mrs. Danvers (ganó el Oscar a la mejor actriz secundaria por su actuación) o el siempre carismático George Sanders como Favell, el primo de Rebecca.

El rodaje de la película no fue especialmente agradable para muchos de los implicados. Las noticias del inicio de la II Guerra Mundial mantuvieron en tensión a un reparto formado sobre todo por actores británicos y al propio Hitchcock, que además tenía que soportar la presión de realizar su primera película americana bajo la tutela del exigente Selznick. El productor era célebre por sus continuas interferencias durante los rodajes y sus larguísimos memorándums en que criticaba hasta el más nimio detalle de cada plano. Afortunadamente para Hitchcock, por entonces se hallaba inmerso en la conflictiva postproducción de Lo Que El Viento Se Llevó, de forma que no pudo estar presente en el rodaje tanto como seguramente deseaba. Pero aún así Selznick no le quitaba el ojo al director y le apremiaba continuamente por los retrasos del rodaje, provocados según creía él por su perfeccionismo técnico.
Para mayor consternación de Selznick, Hitchcock tenía una forma de filmar muy inteligente que dificultaba que luego se pudiera modificar la película en la sala de montaje. El director sabía que el resultado final de un film dependía sobre todo de lo que se hiciera con él durante el montaje, y también que sería Selznick quien se encargaría de ese proceso. Pero cuando rodaba una película, Hitchcock creaba tomas de los planos pensando ya en cómo quedarían dentro del montaje final, como pequeñas piezas de un enorme puzzle que él ya había montado en su cabeza. Eso dio mucho menos margen de actuación a Selznick en la sala de montaje ante ese incomprensible galimatías de breves planos que había filmado el director.

En realidad tuvo mucho que ver con el retraso la inexperiencia de Fontaine, que llegó a caer enferma, pero difícilmente se le puede culpar de nada a la actriz, que sufrió un auténtico calvario durante el rodaje. Todo el reparto, formado en su gran parte por actores experimentados en cine y/o teatro, menospreciaba a la joven intérprete que se había hecho con el papel protagonista aún siendo una actriz claramente inferior a todos ellos. Olivier en concreto la detestaba también por haberle quitado el papel a su mujer Vivien Leigh. Hitchcock, consciente de ello, decidió aprovechar esa situación en beneficio suyo con excelentes resultados, ya que de esa forma Fontaine hizo una gran interpretación, pero no porque fuera una actriz remarcable sino porque estaba viviendo en sus mismas carnes lo que sufría su personaje. Ambas eran jóvenes recién casadas e inexpertas que se veían abocadas a una situación que las superaba por completo, y ambas estaban rodeadas de gente que lo sabía y las juzgaba por ello. Por ello Hitchcock decidió aumentar aún más su inseguridad haciéndole saber lo que opinaban el resto de ellos o creando situaciones incómodas que daban a entender claramente cómo sus compañeros de reparto la menospreciaban. Fontaine estuvo al borde de un ataque de nervios, pero a cambio esa interpretación la lanzó al estrellato y siempre le estuvo agradecida a Hitchcock por ello.

Rebecca es, como bien apuntó Truffaut, una especie de cuento de hadas, con una casa "encantada", una presencia casi fantasmal que la habita y el secreto que oculta el marido de la protagonista.
En lo que respecta a Manderley, se trata prácticamente de un personaje más de la película, de hecho es lo primero que se muestra cuando la protagonista relata la historia en la que es la única vez en todo el film en que se respeta la primera persona narrativa que define toda la novela - Hitchcock decidió suprimirla muy inteligentemente suponiendo seguramente que al público le resultaría reiterativa. La importantísima estética visual de Manderley fue ante todo mérito de Hitchcock ayudado por el equipo técnico de confianza de Selznick. El director fomentó esa imagen tan gótica de la mansión que el productor intentó atenuar en medida de lo posible para evitar que tuviera una imagen excesivamente oscura. Al ser un entorno aislado de la civilización y que nunca se sabe a ciencia cierta donde se ubica, Manderley es casi una espacio onírico y de pesadilla, que aún está bajo el embrujo de Rebecca.

Por otro lado cabe resaltar de nuevo la inteligente decisión de no mostrar jamás a Rebecca, ni siquiera en retratos, consiguiendo que sea como un fantasma que habita en Manderley hechizando a todos los que estaban bajo su influencia, como Max y, sobre todo, la ama de llaves Mrs. Danvers. Danvers es uno de los personajes que más permanecen en la retina del espectador gracias a la soberbia interpretación de Judith Anderson secundada por una inteligente realización de Hitchcock, que intentó hacer que pareciera lo menos humanizada posible con pequeños trucos como hacerla aparecer repentinamente, como si fuera otra presencia fantasmal que uno nunca sabe dónde se encuentra o cuándo podrá reaparecer.
La escena en que ésta le muestra la antigua habitación de Rebecca recreándose en el significado de cada espacio, tocando la que era la ropa de ella o su cepillo, es uno de los momentos cumbre del film. Es un momento en que queda vigente la obsesión que sentía hacia su señora, una obsesión con tintes de atracción lésbica que aún permanecen intactos pese a las exigencias del código de censura (la forma como acaricia su ropa interior no deja muchas dudas al respecto). Es en esta escena mejor que en ninguna otra donde se refleja cómo Rebecca sigue habitando en Manderley y cómo sigue vigente su influencia sobre sus habitantes. Pero incluso fuera de la mansión se hace notar su presencia en pequeños detalles que se interponen entre Max y su nueva esposa. Por ejemplo, tras tener una discusión en el jardín porque ella ha ido a la cabaña que solía ser de Rebecca, la pareja se reconcilia, pero cuando ella busca un pañuelo en el bolsillo encuentra uno con la R bordada, impidiéndole olvidarla incluso en ese tierno momento de reconciliación.

La relación entre Mrs. Danvers y la protagonista es uno de los pilares fundamentales de la película. Dicha relación viene condicionada por su primer encuentro, con el rostro de Mrs. Danvers apareciendo en plano y llenando la pantalla con esa mirada fría y firme. Justo después a la protagonista se le caen los guantes y se agacha a recogerlos al mismo tiempo que Mrs. Danvers. Ese gesto condicionará su relación de ahí en adelante. Mrs. Danvers pensaría que al ser una dama, la esposa de su amo, esperaría a que ella, una simple ama de llaves, recogiera los guantes y se los devolviera. Pero al agacharse a recogerlos, la protagonista se descubre demostrando que no conoce cual es su papel, situándose a la altura de Mrs. Danvers, a la que considera una igual (y más adelante, superior a ella) y no como la sirvienta que es.

La evolución de la protagonista es una de las grandes bazas del film que seguramente se habría perdido de haberse adaptado como Hitchcock quería. Selznick sabía que era uno de los aspectos más importantes del libro e insistió mantenerlo tal cual, por lo que acaba siendo una de sus grandes virtudes - es la primera vez en una obra de Hitchcock que se cuida tanto la psicología de un personaje otorgándole tanta importancia por encima del suspense o la comedia, una influencia de Selznick de la que el director tomó nota y aplicaría a sus futuras películas.
Al inicio, la protagonista se comporta como una niña tímida e incompetente, y es así como la trata no solo Mrs. Danvers sino también Max, aunque de forma afectuosa. Estos rasgos se mantienen a lo largo del film a través de pequeños detalles que en circunstancias normales se obviarían pero que aquí se ilustran para reflejar la psicología del personaje: por ejemplo el no saber en qué habitación pasar la mañana en su primer día al no conocer las costumbres de la casa, o el Cupido de cerámica que rompe por accidente y esconde en un cajón como un niño pequeño que quiere ocultar su error (en Sabotaje el pequeño Stevie hace algo idéntico con un plato roto, pero esta imagen ya aparecía en la novela de Daphne Du Maurier). El temor hacia Mrs. Danvers es el mismo que sentiría un niño hacia una figura autoritaria de la cual teme su desaprobación, y su relación con Max parece más bien paternalista por la forma como él la trata.

El hecho de que la protagonista no tenga nombre enfatiza aún más su papel tan subsidiario en Manderley (es tan poco importante que no sabemos cómo se llama), en contraste con la omnipresente Rebecca que ha dejado huellas por toda la mansión. Su primera reacción es intentar convertirse en una especie de Rebecca, llevando un traje elegante (que a Max le parece fuera de lugar por no parecer ella) u organizando un elegante baile en que ella lleva el mismo vestido que Rebecca - aunque sin ser consciente de ello. Uno de los aspectos que se pierde levemente respecto al libro es el detonante del cambio de carácter de su protagonista. En la novela, es a partir de cuando conoce la verdad sobre Rebecca que pierde el miedo a Mrs. Danvers y todo lo que está relacionado con la antigua Sra. de Winter. Max la detestaba y por tanto ya no es una competidora. Sin embargo, en el film se notan algunos cambios en su comportamiento antes de esa revelación, de forma que no queda tan claro que cuando adquiere fuerza realmente es cuando deja de temer a Rebecca. A cambio se mantiene esa idea de Rebecca como un doble perverso de la protagonista, la encarnación de su lado contrario (una mujer poderosa y malvada) que a ella secretamente le fascina y atrae.

Uno de los puntos culminantes de la película es la confesión de Maxim una vez que Rebecca ha vuelto a irrumpir en sus vidas. En primer lugar cabe recalcar cómo Maxim habla del descubrimiento del cadáver realmente como si fuera la propia Rebecca quien conscientemente hubiera vuelto a aparecer para hundir su matrimonio, como si no fuera una persona muerta sino un espíritu que los vigila y atormenta. De hecho, la última acción de Rebecca antes de morir iba encaminada a eso: consciente de que tenía cáncer, movió a su marido a matarla, de esta forma no fallecería consumiéndose por la enfermedad sino que arrastraría consigo a Maxim. Aunque éste consigue que parezca un accidente hundiendo su barco, el redescubrimiento del cadáver es una especie de venganza de Rebecca, que vuelve a aparecer para acabar su último plan de hundir a Maxim con ella.

Dicha escena era una de las más difíciles de adaptar a la película, ya que se trataba de un largo monólogo de Maxim. La solución típica habría sido un flashback que mostrara todo, pero era una solución que no satisfacía ni a Hitchcock ni a Selznick. El director propuso filmar la escena desde un punto de vista expresionista, con Maxim narrando todo sobre un fondo abstracto que iría cambiando de forma y color mediante recursos de iluminación adaptándose a los sentimientos del actor, reflejando su estado interior de una forma abstracta. Era una idea muy interesante y prometedora, pero Selznick no quería experimentos en su película y la vetó. La solución escogida igualmente fue muy buena: se trasladó la escena de la confesión a la cabaña donde sucedió todo (en el libro la confesión tiene lugar en Manderley) y mientras Max va narrando todo, la cámara va mostrando los diferentes elementos de la cabaña en que sucedió lo que Max está explicando. Es una forma de evocar un flashback que no llega a realizarse, de hacer revivir todo pero sin recrearlo, una solución muy audaz para la época.

El tramo final del film se centra en la investigación de la muerte de Rebecca, que aparece mucho más sintetizada que en el libro - todo lo que en la película sucede en un mismo día, en la novela sucede en varias jornadas, alargando así la agonía de la protagonista y Max al prever que será detenido.

Aquí es por otro lado donde tienen lugar dos de los cambios fundamentales respecto a la obra original. En primer lugar, se nos dice que Rebecca no fue asesinada por Max, ya que el código de censura Hays exigía que todo crimen recibiera su castigo, aunque fuera provocado por el protagonista. Eso quería decir que Max no podría bajo ningún concepto salir indemne, debería pagar por su crimen de alguna manera. Para evitar verse obligados a mostrar un final tan pesimista, el guión esquivaba hábilmente el asesinato de Rebecca dando a entender que Max no la asesinó sino que fue un accidente. Eso sumado al hecho de que la propia Rebecca lo intentó provocar premeditadamente, sirvió para que la oficina de censura aceptara conceder a Max un final lejos de la cárcel.
El otro cambio significativo fue hacer que la protagonista se separe de Max cuando éste acude junto a Favell y el Coronel a visitar al médico de Rebecca que desvelará la solución al misterio sobre su muerte. Este cambio es posible gracias a que se decidió que el film no siguiera la narración en primera persona que implicaría estar siempre atados a la protagonista. De esta forma, Hitchcock añadió también una escena de suspense un tanto forzada pero que sirve de clímax final, en que Max y Frank acuden a Manderley a toda velocidad al ver que está en llamas por miedo a que la mujer de Maxim perezca en el incendio - en la novela Max y ella viajan juntos y el libro termina con la visión de Manderley en llamas desde la distancia, ciertamente un desenlace poco cinematográfico.

Es famosa la anécdota sobre el épico desenlace que Selznick quería crear: un plano de Manderley en llamas con el humo del fuego formando una R en el cielo, un ejemplo de cómo a veces su tendencia a hacer grandes películas majestuosas le llevaba casi al ridículo. Hitchcock propuso una imagen de un cojín con una R bordada ardiendo, en representación de que por fin el espíritu y la figura de Rebecca desaparecerían. Al productor no le hacía gracia acabar su gran película con el primer plano de un cojín pero accedió al no haber otra idea mejor.

Rebecca es una de las películas de Hitchcock más fieles al material original que haya realizado. Muy pocos elementos se apartan del libro, y los que lo hacen eran perfectamente prescindibles, como por ejemplo la abuela de Max (que protagoniza otro episodio que remarca la poderosa influencia de Rebecca sobre todos los demás). También se suprimieron pequeños detalles como el hecho de que Rebecca sedujera también al cuñado de Max, provocando que su hermana no volviera a pasar por Manderley en mucho tiempo, y el personaje de Favell tuvo un marcado lavado de imagen (en el libro es un borracho algo patético, pero en la película es un carismático bribón de modales refinados, imagen que encaja como anillo al dedo con el actor George Sanders).

Tampoco le permitió Selznick añadir casi ninguna escena nueva a Hitchcock. No obstante, uno de sus pocos añadidos supone uno de los mejores momentos de la película con diferencia. Hitchcock inventó un contexto nuevo para una de las discusiones más tensas que tienen Max y la protagonista, situándola en el momento en que miran unos vídeos caseros de su luna de miel. Es un instante muy cinematográfico en el sentido de que no podría recrearse en el libro al ser muy visual, ya que aprovecha la fuerza de esas imágenes tan bucólicas y entrañables en contraste con la triste situación en que se encuentran ahora. De esta forma esa discusión adquiere un nuevo significado cuando esas imágenes mudas miran sonrientes a pantalla.

La película fue un considerable éxito que permitió a Selznick recuperar con creces el dinero invertido aún cuando el film se pasó del presupuesto. Como detalle significativo, fue la única película de Hitchcock en ganar el Oscar a la mejor película, lo cual es una muestra de cómo no se trata de un Hitchcock puro y duro sino un Hitchcock que ha pasado por el filtro de respetabilidad de Selznick. Por ello el director - que no ganó el Oscar al mejor director en la que fue su primera nominación a los premios de la Academia - nunca guardó muy buen recuerdo de la película argumentando que le faltaba sentido del humor y que era más un film de Selznick que de Hitchcock.

En cierto modo tiene algo de razón, ya que en comparación con el resto de la obra del director se nota una influencia externa, pero eso no quita que se trate de una excelente película que ha soportado muy bien el paso del tiempo y que supuso una buena entrada en Hollywood.

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