6,5

Título: La Mujer del Granjero (The Farmer's Wife)
Año:
1928
Guión:
Eliot Stannard, basado en una obra de Eden Phillpots.
Producción:
British International Pictures
Reparto:
Jameson Thomas, Lillian Hall-Davis, Gordon Haker.

Argumento

El maduro granjero viudo Sweetland se ha cansado de su soledad y ha decidido buscarse otra esposa. Para ello, se irá entrevistando con las diferentes solteras del pueblo para seleccionar a una candidata con la ayuda de su criada Minta.

Comentario

Agradable comedia menor de Hitchcock basada en una exitosa obra de teatro. La Mujer del Granjero es una película bastante irrelevante dentro de la carrera del cineasta pero que aún así se deja ver con agrado y está bien realizada e interpretada.

Su premisa realmente no es demasiado original: un hombre maduro y sin experiencia a la hora de tratar con otras mujeres busca una nueva esposa. Intenta infructuosamente conquistar a varias candidatas (a cada cual peor) y luego descubre que la mujer ideal está en su propia casa, su bella y fiel criada Minta. Y ciertamente vista hoy en día no es una comedia excesivamente divertida, pero sí que resulta bastante agradable y consigue mantener una sonrisa en el espectador durante el metraje.
Por otro lado
cabe recordar que ésta fue la primera incursión de Hitchcock en el terreno de la comedia pura, y que sus anteriores películas carecían de ese toque humorístico tan característico del director (salvo ciertos momentos de El Ring). No solo eso, sino que fue la cuarta película que dirigió en 1927, un récord que no volvería a superar.

Los momentos más cómicos generalmente vienen de mano no tanto del director como de los actores: la reacción histérica de algunas de las candidatas a la proposición que les hace (una de ellas lleva en la mano un plato de gelatina que hace más cómico aún el temblor que le entra de los nervios, otra empieza a chillar histérica) y sobre todo, el personaje de Ash, el rudo y cínico criado muy bien interpretado por Gordon Harker en su segunda colaboración con Hitchcock.
Harker consigue sin demasiado esfuerzo llevarse la mayor parte de las risas y convertirse en uno de los personajes predilectos del público, especialmente cuando es obligado a ejercer de mayordomo en la fiesta de una de las pretendientes de su amo. No solo el pobre Ash es obligado a llevar un ridículo traje, sino que anuncia a las visitas con una informalidad y desgana memorables mientras se agarra los pantalones continuamente para que no se le caigan. Pero el mejor momento es sin duda cuando la recatada anfitriona debe coserle esos pantalones y no se atreve a mirar por donde pasa la aguja ni a tocarle demasiado por puritanismo mientras Ash pone cara de circunstancias.

A favor de Hitchcock cabe mencionar el inicio, que está rodado como si de un drama se tratase para despistar al espectador. En los primeros segundos de film nada parece mostrarnos que estamos ante una comedia, se nos presenta el escenario y a una pobre mujer moribunda rodeada de varios de sus seres queridos. Ese tono de tristeza y gravedad es repentinamente roto cuando ésta pronuncia sus muy poco solemnes últimas palabras: "...y no te olvides de airear los calzoncillos de tu señor". Este tipo de gags sí que tienen ya la marca del director.
Otra de mis líneas de diálogo favoritas es cuando un impaciente y airado Sweetland se declara a una mujer con la muy poco acertada frase "¡Cállese, le pido que se case conmigo!".

Cabe elogiar el que tratándose de una obra de teatro Hitchcock no abusara de los diálogos y se mantuviera fiel a sus recursos visuales. El más destacado de ellos es sin duda la silla que se encuentra ante la chimenea.
Al inicio del film, después de que su hija se case, Sweetland medita pensativamente ante la chimenea. Primero mira su antigua foto de bodas y a continuación su mirada se posa en la silla en que se sentaba su mujer, delante de la suya. Hitchcock refuerza ese vínculo haciendo una breve panorámica entre el sitio donde se encuentre la fotografía y la silla de la mujer fallecida, uniendo ambos conceptos. A continuación Sweetland le dirá a Minta que ha decidido buscar una nueva esposa, en otras palabras, quiere a otra mujer que ocupe esa silla. Con esta eficaz asociación de ideas, la silla pasa a representar la mujer que tanto anhela, la esposa que en el futuro se sentará ahí para hacerle compañía.

Inmediatamente, le siguen una serie de sobreimpresiones sobre esa silla de las posibles candidatas que volverá a repetirse al final de la película. De esta forma se nos muestra cómo Sweetland está valorando las opciones que tiene.
La importancia de ese objeto también queda manifiesta cuando Minta, después de haber visto a su amo triste y derrotado por haber fracasado tantas veces, acaricia esa silla y luego se sienta en ella. De esta forma Hitchcock muestra sin necesidad de intertítulos que Minta está enamorada de su amo y sueña con ocupar ese lugar.

Pero el mejor momento de todo el film tiene lugar al final en una escena muy sencilla pero al mismo tiempo hermosísima. Cuando Sweetland ya ha sido rechazado por todas las candidatas se sienta y mira la silla vacía de su esposa. Volvemos a ver una serie de sobreimpresiones de las candidatas pero esta vez mostrándolas en el momento en que le rechazaron. Una a una se van apareciendo burlándose de él, temblando, chillando... y entonces Minta casualmente se sienta ahí. Eso hace que Sweetland de repente la mire como a otra posible candidata y se dé cuenta de lo ciego que ha sido. Ante sus ojos tiene a la esposa perfecta: bella, dulce y fiel.
Éste es sin duda el instante más bello y conseguido de la película.

Sin ser una de sus obras más destacables, La Mujer del Granjero es una película nada desdeñable que permite al espectador disfrutar de sus personajes y de algunos bellos paisajes de la campiña inglesa. Personalmente creo que se alarga un poco en su tramo final y que habría beneficiado al film aligerar su ritmo, sobre todo en las escenas que hay entre el tercer rechazo y la revelación de Minta como esposa perfecta.
Aún así, pese a ser un encargo, Hitchcock hizo un buen trabajo en La Mujer del Granjero siendo fiel a la obra original pero sin caer en una adaptación demasiado teatral, creando una comedia agradable y simpática.

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