8,5

Título: Yo Confieso (I Confess)
Año:
1953
Guión:
William Archibald y George Tabori, basado en la obra teatral Nos deux consciences de Paul Anthelme.
Producción:
Warner Bros. Pictures.
Reparto:
Montgomery Clift, Anne Baxter, Karl Malden, Otto E. Hasse.


Argumento


Otto Keller, el sacristán de una parroquia de Québec, asesina a un abogado que le sorprendió mientras estaba robando en su casa. Al volver a la parroquia se encuentra con el padre Logan, al cual decide confesarle su crimen. Cuando el asesinato sale a la luz, el principal sospechoso para la policía será el padre Logan, el cual no puede defenderse dando a conocer la verdad puesto que debe respetar el secreto de confesión.

Comentario

Yo Confieso es una obra bastante inusual en la carrera de Hitchcock, un film oscuro y serio del que su propio creador no se sentía especialmente orgulloso por ser demasiado denso y carecer de ese toque humorístico que está presente en casi todas sus películas. De hecho el punto de partida sobre el que se sostiene todo el film (el secreto de confesión) es un concepto religioso que el director corría el riesgo de que le fuera demasiado ajeno a los espectadores no creyentes. Hasta ahora sus obras solían basarse en ideas y valores simples y universales con los que podía conectar todo el público, pero aquí tuvo que lidiar con algo más complejo que no se puede explicar de forma racional, simplemente los que ven la película tienen que entender y creer que el protagonista esté dispuesto a morir por respetar ese secreto de confesión. Es por eso que el director pone esmero en la crucial escena de la confesión, filmándola con la tenue luz de las velas y enfatizando lo íntimo y sagrado del momento.

El concepto fundamental sobre el que incide Yo Confieso es el de hecho de que, una vez realizada la confesión, es el padre Logan quien pasa a soportar la carga del crimen (Truffaut en su libro de entrevistas con Hitchcock llega incluso a afirmar que "se convierte en el asesino"). Logan en todo momento se comporta como si su deber fuera soportar todo lo que le sucede después de esa confesión. No niega categóricamente las acusaciones que le acechan ni se molesta siquiera en defenderse de ellas más allá de lo necesario, ni parece estar indignado por vivir una situación injusta. Al contrario, parece que el padre Logan asume que ahora es él quien debe cargar con el crimen que otro ha cometido.
En otras palabras, Yo Confieso es una perversa vuelta de tuerca al tema favorito de Hitchcock, el falso culpable, en que por primera vez el protagonista no lucha por demostrar su inocencia a causa de sus convicciones religiosas ("No podemos hacer nada", le dice sumisamente a Ruth).

Las similitudes del calvario personal por el que pasa el padre Logan con el calvario de Jesucristo son bastante obvias y Hitchcock incluso enfatiza la idea cuando el sacerdote se pasea por la ciudad dudando sobre qué hacer y vemos un plano muy vistoso de una estatua de Jesucristo transportando su cruz en primer término con el protagonista vagando en el fondo sin rumbo. Jesucristo tuvo que sufrir por mantener sus convicciones hasta la misma muerte, así que desde el punto de vista del padre Logan, él también ha de pasar por ese duro proceso para ser fiel a su fe aunque pierda la vida en ello.

Otro motivo por el que el padre Logan parece soportar tan estoicamente esa dura prueba es el hecho de que ese crimen le ha sido beneficioso: la víctima le estaba chantajeando tanto a él como a su antigua amante, Ruth (ahora casada con un respetable político), y amenazaba con sacar a la luz su relación pasada. Aunque Logan no le ha matado, se favorece tanto del crimen como Otto, e incluso más, porque estaba su reputación como sacerdote en juego.
Esta idea se fomentaba mucho en la primera versión del guión en que el motivo de chantaje era un hijo ilegítimo del padre Logan. De haberse mantenido, habría sido mucho más obvio: el padre Logan estaría purgando su falta, aunque no fuera el autor del asesinato debe sufrir y pagar por el pecado que cometió (una visión muy enraizada en la cultura cristiana que seguramente muchos atribuirán a la estricta educación jesuita de Hitchcock). Desgraciadamente, no se le permitió al director mantener el hijo ilegítimo en el guión y se vieron obligados a hacer que el motivo de chantaje fuera que él y Ruth fueron sorprendidos juntos estando ella ya casada. Sin embargo, para despejar cualquier tipo de duda se nos remarca que no hubo relaciones sexuales, todo fue un simple malentendido del que el difunto se aprovechó para chantajearles hasta que fue oportunamente asesinado. Eso hace que pierda algo de fuerza la idea de que Logan debe someterse a lo que le reserve el destino para limpiar su pecado (puesto que realmente ese pecado no existe si es cierto lo que afirman Ruth y Logan), pero aún persiste en el film como uno de los elementos clave.

Tras entregarse a la policía, el calvario del padre Logan tiene fin en un juicio en que es declarado inocente. Al salir de la sala, el público, convencido de su culpabilidad pese al veredicto del jurado, le acosa y se abalanza sobre él. Aunque legalmente ya está libre de cualquier cargo, su vida no puede volver a la normalidad. Es entonces cuando intervienen los otros dos personajes que conocen la verdad sobre lo sucedido: Otto y su esposa Alma.

Resulta sorprendente el contraste entre la evolución del padre Logan y la de Otto. Logan se mantiene firme y sereno, soportando todo lo que se le viene encima sin quejarse; en cambio Otto al principio está nervioso y muerto de miedo. Aunque el padre Logan no vuelve a hacer mención a lo sucedido, Otto no deja de hablarle y sacar el tema por temor a ser traicionado hasta pasar a una segunda fase: la traición. Repentinamente Otto recupera la tranquilidad y planifica fríamente como inculpar a su confidente. Ni siquiera así Logan cambia su actitud. Alma, su fiel esposa, será entonces quien se convertirá en la conciencia de su marido, en el personaje que, aunque no dice nada, se encontrará con el dilema moral que parece que Otto ha superado. Ella es la única de los tres que puede hablar para poner fin a esta injusticia, pero eso implica que uno de los dos debe morir: o su esposo o un hombre inocente.
Lo que tanto hace temer a Otto y Alma es el hecho de que no puedan saber lo que pasa por la cabeza de Logan, cuyo rostro se mantiene impasible en todo momento sin mostrar ninguna simpatía o desprecio hacia ellos. La escena en que ella sirve el desayuno a los tres sacerdotes de la parroquia es uno de los mejores momentos del film. Bajo ese clima de aparente normalidad, Alma no deja de observar al padre Logan intentando adivinar qué piensa o qué va a hacer, pero los planos subjetivos de ella jamás nos muestran su rostro. Mientras los dos otros sacerdotes (que son el único recurso levemente humorístico del film) charlan distraídamente, subliminalmente hay una enorme tensión entre los otros dos personajes. Finalmente, será Alma quien haga justicia a Logan intentando salvarle de esa multitud que le acosa pagando con su vida y recibiendo el perdón del padre Logan antes de morir (como curiosidad, en el plano que nos ofrece Hitchcock de ella observando al padre Logan hay a su lado una mujer obesa comiéndose grotescamente una manzana que fue colocada ahí expresamente por el director como contraste con la angelical mirada de Alma)

El otro personaje esencial que nos queda por analizar es Ruth, hacia el cual se nota que Hitchcock no sentía demasiado interés pese a su importancia para la trama. Su gran momento tiene lugar cuando confiesa públicamente su romance con Logan antes de ser ordenado sacerdote. La escena del flashback nos es mostrada con un tono que la hace parecer casi onírica e irreal, aumentando con recursos como difuminar las imágenes y el no uso de sonido, de forma que lo único que oímos es la voz de ella narrando la historia. Aunque esta confesión sobre su pasado en principio es revelada para salvar a Logan, inconscientemente Ruth acabará condenándole del todo al darle al inspector de policía el móvil perfecto para el crimen.
Al final de la película, Hitchcock optará por darle un impostado y nada creíble final feliz en el que repentinamente ella vuelve con su marido, al que se supone que nunca amó realmente. La forma como despacha este personaje en la última escena es otra muestra de lo poco que le interesaba al director.

Para el papel protagonista Hitchcock pensó en James Stewart, pero por una vez cabe reconocer que la segunda elección fue mucho más acertada. Aunque el director no congeniara con Montgomery Clift (en general no se entendía con los actores del Método), cabe reconocer que el papel es perfecto para el actor, quien sabe imprimirle al personaje ese tono misterioso y esa mirada tras la cual se halla un alma torturada.
Mucho más decepcionante para el director fue el papel de Ruth, que quería ceder a la actriz sueca Anita Björk, que le había impresionado con su actuación en el film La Señorita Julie (1951). Pero cuando Anita Björk llegó a América se trajo una sorpresa consigo: su amante y un hijo ilegítimo. El sonado escándalo que había provocado Ingrid Bergman por su relación con el director Roberto Rossellini todavía estaba reciente y la Warner Bros no quería arriesgarse a contratar a una actriz que vivía de una forma tan pecaminosa a ojos de la Iglesia y las remilgadas Ligas de Decencia, y más cuando la película que tenían entre manos era bastante polémica ya de por sí. La actriz fue descartada y reemplazada poco antes del inicio del rodaje por Anne Baxter (recordada sobre todo por Eva al Desnudo). Si Ruth es el personaje que menos beneficiado sale del reparto, puede deberse en gran parte a que Hitchcock no se sentía contento con la actriz que lo interpretó, aunque realmente ésta no hace un mal papel.

Los secundarios en cambio salen mejor parados. O. E. Hasse está muy convincente como Otto y, sobre todo, Dolly Haas resulta inolvidable en su pequeño pero significativo papel de Alma. Aunque sus apariciones son escasas se nota que es el personaje por el que Hitchcock siente más aprecio.
Tampoco podemos olvidar a uno de los mayores actores de la historia de Hollywood, Karl Malden, encarnando al Inspector Larrue. Su personaje es bastante secundario y poco agradecido (apenas tiene escenas de lucimiento propio y su función es simplemente la del que imparte la justicia), pero aún así Malden consigue insuflarle vida propia con una gran actuación.

Pese a esa frialdad y seriedad de la que Hitchcock se quejaba, Yo Confieso es una película interesantísima e impecablemente facturada. Aún siendo posible que el director la realizara sin sentirse demasiado implicado, el resultado final es excelente. Sólo cabe lamentar las dos graves censuras que sufrió el guión. Por un lado está el ya mencionado hijo ilegítimo, pero además de eso en el final original de la película el padre Landon era ejecutado por el asesinato del que era inocente. Resulta obvio que jamás habrían podido rodar ese final (aunque la Warner hubiera tomado la arriesgada decisión de aceptarlo, el Codigo Hays no habría permitido un final en que el malo no recibe su castigo y un inocente paga por su culpa), pero el hijo ilegítimo habría enriquecido mucho más la película.
Pese a eso, Yo Confieso sigue siendo una película bastante arriesgada que se sirve de una temática bastante delicada y poco tratada por aquel entonces (en el cine de Hollywood los sacerdotes pocas veces eran vistos como seres humanos con sentimientos y oscuros secretos, ya que ésos aún eran temas tabú) para incorporarla al universo hitchcockiano, en el cual todo el mundo, incluso un sacerdote, puede verse involucrado en una oscura trama criminal.

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